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PETER SANDS, DIRECTOR EJECUTIVO DEL FONDO MUNDIAL

Fuente: https://www.theglobalfund.org/en/blog/2020-03-23-fighting-tuberculosis-lessons-for-covid-19/

Mientras los gobiernos de todo el mundo luchan para contener una espiral de infecciones y el número creciente de muertes por COVID-19, vale la pena reflexionar sobre las lecciones que nos deja la extensa y aún pendiente lucha contra la tuberculosis, la enfermedad infecciosa más mortal del mundo, que cada año mata a casi 1,5 millones de personas.

La primera lección es la dura verdad de que, cuando una enfermedad deja de matar a las personas en países ricos, el dinero se esfuma y el impulso se ralentiza. En la primera mitad del siglo XX, la tuberculosis era la principal causa de mortalidad en Europa, América del Norte y Japón. Campañas masivas, la distribución de antibióticos y mejoras globales en salud pública permitieron que la tuberculosis prácticamente desapareciera en las economías avanzadas. Sin embargo, en otros lugares la tuberculosis es aún sorprendentemente frecuente. Casi un tercio de la población mundial tiene tuberculosis latente, así que portan las bacterias sin presentar síntomas, casi 10 millones de personas se enferman de tuberculosis al año y el 15 % de ellas muere. Hoy en día, la tuberculosis es, de manera desproporcionada, una enfermedad de los pobres, de los marginados, de los que no tienen voz. Esta enfermedad está en los barrios marginales, en las cárceles, en los campos de refugiados, entre los pobres de zonas rurales, entre los que tienen VIH.

A pesar de ser responsable por más muertes que cualquier otra enfermedad infecciosa, la tuberculosis atrae mucho menos dinero y recibe mucho menos atención que otras. El Fondo Mundial, con una inversión anual de alrededor de 700 millones de dólares, es de lejos la fuente más grande de financiamiento externo, pues brinda casi el 70 % de la asistencia internacional a los países que luchan contra la tuberculosis. Eso es menos que el presupuesto anual de un hospital grande en Londres o en Nueva York. No debería sorprendernos entonces que no estemos en camino a cumplir el Objetivo de Desarrollo Sostenible de ponerle fin a la epidemia para el año 2030.

La segunda lección es que los patógenos están mutando constantemente y se vuelven más peligrosos. La tuberculosis multidrogorresistente, conocida como TB-MDR, no se puede tratar con antibióticos convencionales y necesita un tratamiento mucho más costoso por un periodo de 6 a 9 meses, que muchas veces tiene terribles efectos secundarios. Lo peor es que las personas que contraen la TB-MDR nunca reciben un diagnóstico adecuado y casi la mitad de ellas muere. La TB-MDR ha sido descrita como «el ébola con alas»: es igualmente mortal, mucho más contagiosa y ya afecta a alrededor de 500 000 personas al año en todas las regiones del mundo.

Si bien el imperativo inmediato es luchar contra el COVID-19, debemos aprovechar esta oportunidad para replantear radicalmente nuestro enfoque respecto a la seguridad sanitaria mundial. Debemos romper el ciclo de pánico y negligencia que hasta ahora ha caracterizado a nuestro enfoque.

Una lección más positiva de la lucha contra la tuberculosis es que incluso la enfermedad más terrible puede ser derrotada. La tuberculosis se ha vuelto relativamente rara en las economías avanzadas. El total de muertes por tuberculosis ha disminuido aproximadamente en un 40 % entre el año 2000 y el año 2018. La cantidad de casos faltantes de tuberculosis –aquellos que no han sido diagnosticados ni tratados– ha caído drásticamente desde 2018. Nuevos tratamientos para la TB-MDR están mejorando de manera significativa las tasas de supervivencia. El Fondo Mundial –junto a socios como la OMS, la Alianza Alto a la TB y Unitaid– ha tenido un papel fundamental en estos logros al invertir en enfoques innovadores para identificar, diagnosticar y tratar a pacientes de tuberculosis a quienes era difícil llegar, así como al financiar el rápido despliegue de nuevos diagnósticos y tratamientos de la TB-MDR.

Existen otros dos factores que unen a la tuberculosis con el COVID-19. El primero es el punto obvio en común de que ambas son enfermedades respiratorias. Si bien todavía estamos aprendiendo sobre el COVID-19, la evidencia sugiere que las personas con tuberculosis estarán entre las más vulnerables. La tuberculosis afecta a muchas de las mismas personas en riesgo de contraer el COVID-19: aquellas con enfermedades autoinmunes subyacentes o enfermedades respiratorias crónicas, personas que no pueden pagar o no tienen acceso a atención médica, personas que viven en ambientes pequeños y con pésima higiene, como las cárceles, los barrios marginales y los campos de refugiados. Enfermarse del COVID-19 teniendo ya tuberculosis va a ser peligroso.

El segundo factor es que algunas de las herramientas que estamos usando para luchar contra la tuberculosis pueden tener un papel fundamental en la lucha contra el COVID-19. Por ejemplo, en la mayoría de los países más pobres, los dispositivos de diagnóstico molecular más distribuidos son los instrumentos GeneXpert de Cepheid financiados por el Fondo Mundial. Hemos instalado más de 10 000 de estos dispositivos en laboratorios de países de ingreso bajo y medio, y hemos capacitado a técnicos para que puedan usarlos. Con el anuncio del sábado de que Cepheid había recibido la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) para un cartucho de COVID-19 para estos instrumentos, vemos una oportunidad para ayudar a los países a expandir de forma masiva su capacidad para realizar pruebas de COVID-19, siempre y cuando la capacidad de producción y los precios así lo permitan.

Mientras el mundo se moviliza para contener al COVID-19, debemos aprender de la forma en que hemos luchado contra otras enfermedades. Eliminar las barreras relacionadas con los derechos humanos que impiden el acceso a atención médica y estigmatizan a grupos en riesgo y a personas con la enfermedad, y reconocer la importancia de las comunidades para sostener los sistemas de salud y a las personas afectadas son elementos clave para una respuesta efectiva.

También debemos reconocer las potentes interacciones entre esta nueva pandemia y las pandemias existentes. Si no actuamos para mitigar la amenaza, el COVID-19 podría llevarnos a un aumento de muertes por tuberculosis. Si optamos por un enfoque integrado y movilizamos la infraestructura y los recursos que ya hemos invertido para redireccionarlos rápidamente para fortalecer el sistema de salud como un todo, podemos intensificar la lucha contra ambas amenazas.

El Fondo Mundial está comprometido a ayudar a los países más vulnerables a luchar contra las tres enfermedades infecciosas que actualmente matan a la mayor cantidad de personas en el mundo –el VIH, la tuberculosis y la malaria– y a ayudar a esos mismos países y comunidades a responder al COVID-19. No se trata de elegir entre una u otra opción. Tenemos que hacer ambas cosas.

Este artículo de opinión fue publicado por primera vez por la Fundación Thomson Reuters.